Bolivia frente al espejo: el voto rural y el retorno del caudillismo como señal de alerta democrática

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Por: Dafnys Guzmán B. | Bolivia.

Las elecciones nacionales recientes confirman lo que desde la ciencia política se advertía: Bolivia es un país atravesado por profundos clivajes sociales y demográficos que condicionan su comportamiento electoral. Las fracturas entre campo y ciudad, élites urbanas y sectores populares rurales, se han vuelto a manifestar con fuerza. En este contexto, la derrota de Samuel Doria Medina, relegado al tercer lugar y fuera de cualquier posibilidad de disputar una segunda vuelta, no es un accidente, sino el resultado de mirar solamente a una Bolivia: la urbana.

Los resultados a boca de urna muestran que Samuel apenas logra imponerse en Tarija, región que paradójicamente es el bastión político de Rodrigo Paz Pereira, hoy convertido en protagonista inesperado del escenario electoral. Este hecho sugiere un resurgimiento del mirismo, con viejos reflejos partidarios y una lógica caudillista que todavía estructura buena parte de nuestro sistema político.

Mientras la campaña de Doria Medina se concentraba en capitales junto a figuras como Tuto Quiroga, liderazgos emergentes como el Capitán Lara recorrieron sistemáticamente los municipios, cantones y distritos rurales, activando redes asincrónicas pero efectivas. El resultado fue contundente: el voto rural se comportó como un voto estratégico, recordándonos que –en términos de peso y definición– en Bolivia un voto del campo puede equivaler a tres de la ciudad.

Contrario a lo que muchos argumentan, el Estado Plurinacional no ha muerto, simplemente ha mutado. Sectores campesinos, indígenas y rurales no renuncian a su identidad sociopolítica, sino que rechazan seguir siendo parte del decorado del poder. Después de veinte años de desgaste con el MAS, el electorado exige una representación auténtica, no una representación simbólica.

Hacia la segunda vuelta, se abre un escenario inevitable de negociación electoral: Tuto Quiroga y Rodrigo Paz Pereira deberán disputar el caudal de votantes de Samuel Doria Medina si pretenden sostener un proyecto políticamente viable. No se trata solo de sumar votos, sino de construir condiciones mínimas de gobernabilidad y gobernanza en un país cansado, polarizado y multipolar.

Este proceso electoral enseña que las ciudades ya no son el único termómetro de la política boliviana; se han convertido en un componente más de una estructura híbrida donde lo rural define el desenlace. Pretender gobernar Bolivia sin incorporar a la Bolivia profunda es repetir el error que acaba de costar una candidatura ambiciosa. Porque Bolivia exige más que discursos urbanos: exige que se entienda su complejidad política si realmente se pretende transformarla.

Hoy más que nunca, Bolivia necesita unir sus dos almas —la rural y la urbana— bajo una sola visión de futuro. El Estado Plurinacional no ha muerto, sigue siendo la carta de presentación inclusiva que costó lucha y sangre, pero requiere ser corregido y honrado con hechos, no solo con lirismo constitucional. Se avecina una batalla electoral compleja por el voto urbano que creyó en el emprendimiento y en la propuesta de nación de Samuel Doria Medina; el desafío será cerrar brechas, respetar lo avanzado y construir gobernabilidad sin negar ninguna de las dos Bolivias que coexisten en nuestro territorio.

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