Por: Dafnyz Guzmán | Bolivia.
Fernando Untoja escribe con la contundencia de quien ha decidido que el diagnóstico duele más que la enfermedad. Su artículo El odio como identidad nacional es un texto poderoso, filosóficamente denso y moralmente serio. Lo parafraseamos con respeto — y precisamente porque lo merece, merece también ser dialogado con rigor, sin condescendencia, pero sin evasión.
Su tesis central: Bolivia no discute proyectos, discute resentimientos. Que durante veinte años se sembró una pedagogía del odio que destruyó el vínculo humano. Que el resultado es un país psicológicamente roto donde el sufrimiento del otro ya no produce compasión sino satisfacción política.
Untoja invoca a Dostoievski y a Nietzsche con precisión. El resentimiento nietzscheano como moral pública — el que trabaja es culpable, el que bloquea se llama luchador social — es un fenómeno real en la política boliviana. La inversión de valores que describe existe. La pedagogía del enemigo fue una narrativa que el ciclo del MAS cultivó con eficacia y que dejó consecuencias culturales reales.
Untoja tiene razón en que el odio tiene un costo social que va más allá de lo político. Tiene razón en que ninguna sociedad puede construirse sobre la satisfacción de ver caer al otro. Tiene razón en que el bloqueo de carreteras como espectáculo permanente afecta primero y más duramente a los más pobres.
El diagnóstico de Untoja ubica el problema en el alma nacional. En una patología moral colectiva. Y ahí es donde la ciencia política debe hacer su trabajo: no para contradecirlo, sino para completarlo.
El resentimiento que Untoja describe no nació de la nada. No fue inventado por el MAS en 2006. El artículo 2 de la CPE reconoce la existencia precolonial de las naciones y pueblos indígena originario campesinos y garantiza su libre determinación — un reconocimiento que llegó en 2009 porque durante dos siglos ese reconocimiento fue negado. El artículo 1 define a Bolivia como Estado Plurinacional Comunitario — una definición que no es retórica sino la admisión constitucional de que el Estado republicano anterior nunca incorporó plenamente a la mayoría de su población.
Lo que Untoja llama pedagogía del resentimiento de veinte años tiene detrás una pedagogía de la exclusión de doscientos. Atribuir el conflicto boliviano principalmente a lo que sembró el MAS es hacer un análisis correcto de los últimos veinte años y equivocado de los últimos doscientos.
La identidad regional no es el problema en Bolivia. Es lo que queda cuando el Estado nunca construyó lo nacional de manera inclusiva. La diferencia importa porque cambia el diagnóstico y, por tanto, la solución.
Si el problema es que el odio destruyó la identidad nacional, la solución es moral y cultural. Es el diagnóstico de Untoja — válido pero incompleto.
Si el problema es que Bolivia nunca construyó las instituciones capaces de articular su pluralidad en un proyecto común, la solución es institucional y constitucional. El artículo 9 numeral 1 de la CPE establece como fin esencial del Estado constituir una sociedad justa y armoniosa, cimentada en la descolonización, sin discriminación ni explotación, con plena justicia social, para consolidar las identidades plurinacionales. Ese mandato no es una descripción de lo que Bolivia es. Es una descripción de lo que Bolivia todavía no ha logrado ser.
Hannah Arendt distinguía entre poder — la capacidad de actuar concertadamente — y violencia — el sustituto del poder cuando el poder falla. Bolivia no tiene un exceso de odio. Tiene un déficit de poder en el sentido arendtiano: la capacidad de construir acuerdos que duren más que la firma del acta. Cuando ese poder fallar, lo que llena el vacío no siempre es el amor — muchas veces es exactamente lo que Untoja describe.
Untoja cierra con una pregunta devastadora: ¿puede Bolivia decidir si quiere ser una nación o un campo de batalla moral? Es la pregunta correcta. Pero falta la mitad: ¿con qué instrumentos institucionales Bolivia va a tomar esa decisión?
Porque en la Bolivia profunda — en San Pedro de Macha, en El Alto, en el Chapare, en el Gran Chaco tarijeño — la gente no está esperando que alguien le explique que el odio es malo. Está esperando que el Estado le responda. Que el hospital tenga medicamentos. Que la carretera esté asfaltada. Que su voto cuente igual que el de quien tiene apellido conocido en la capital.
Cuando el Estado responda antes de que la calle explote, el resentimiento que Untojadescribe empezará a ceder — no porque alguien lo educó sino porque el Estado demostró que vale la pena confiar en él. Y esa demostración no es un acto moral. Es un acto institucional. Es, en definitiva, política.
