Por Dafnyz Guzmán | Bolivia.
En Juego de Tronos, los Siete Reinos solo se unieron de verdad una vez — cuando los Caminantes Blancos llegaron desde el norte y la amenaza era tan grande que los viejos odios quedaron momentáneamente en segundo plano. No porque Cersei y Daenerys se amarán. No porque Jon Snow y los señores del sur compartieran un proyecto común. Sino porque el enemigo externo era tan real y devastador que la diferencia entre sobrevivir juntos o morir por separado se volvió más urgente que cualquier disputa interna. Bolivia vivió su propia versión de ese momento entre 1932 y 1935. Se llamó la Guerra del Chaco. Y como en los Siete Reinos, la unidad duró lo que duró la amenaza — y no un día más.
La Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay se inició el 15 de junio de 1932 y terminó con un armisticio el 14 de junio de 1935. En esa contienda murieron alrededor de 50 mil personas en el lado boliviano. El impacto fue de gran efecto humano, social, político y económico, pues sacudió los cimientos mismos de la nacionalidad y obligó a las personas más lúcidas a pensar si el rumbo sociopolítico del país era el correcto.
Para entender por qué la Guerra del Chaco fue el único momento de identidad nacional real en Bolivia, hay que entender lo que significó sociológicamente. Por primera vez en la historia republicana, el Estado movilizó a hombres de todas las regiones, todas las clases y todas las etnias hacia un mismo frente. El minero de Oruro y el agricultor del altiplano aymara. El hacendado cruceño y el comunario de Potosí. El mestizo paceño y el indígena quechua de Cochabamba. Todos al mismo barro del Chaco. Todos con el mismo fusil oxidado y la misma sed. La guerra movilizó a miles de indígenas a la línea de fuego, pero asimismo canalizó el proceso de sindicalización comunal y el derecho a la instrucción de los indígenas, homologado por los militares progresistas de la posguerra desde David Toro hasta Gualberto Villarroel entre 1936 y 1946.
El artículo 3 de la CPE define que la nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano. En 1932 ese pueblo boliviano todavía no existía constitucionalmente — pero existió en el barro del Chaco antes de que ninguna constitución lo reconociera.
Bolivia perdió la Guerra del Chaco. Perdió territorio, perdió 50 mil vidas, perdió la ilusión de ser un Estado fuerte. Pero produjo algo que ninguna victoria anterior había producido: una generación de excombatientes que regresaron con una pregunta que la oligarquía minera nunca supo responder: ¿Para qué morimos nosotros si ustedes se quedaron aquí?
Los jóvenes combatientes, que habían visto y sufrido las consecuencias de la actuación de los jefes civiles y militares durante el conflicto, comenzaron a revisar su visión del país, identificaron los males que lo aquejaban y propusieron cambios profundos. De ahí surgió el nuevo pensamiento social y político que se prolongó por décadas.
Theda Skocpol, en su análisis comparado de las revoluciones sociales, señala que las guerras que el Estado pierde producen las condiciones para la ruptura del orden político existente. Bolivia confirma esa tesis: la guerra que se perdió en el Chaco fue la que se ganó en las calles de La Paz el 9 de abril de 1952.
La Revolución Nacional de 1952 fue el intento más serio que Bolivia hizo en el siglo XX de construir una identidad nacional sobre la base del momento de unidad que el Chaco había esbozado. El voto universal otorgado el 21 de julio de 1952 incrementó el número de electores de 205 mil a 1 millón 125 mil al extender el derecho a voto a analfabetos, indígenas y mujeres. La nacionalización de las minas sacó el principal recurso del país del control de tres familias privadas. La reforma agraria intentó desmantelar el latifundio.
Era, en teoría, el proyecto de nación que la Bolivia profunda había estado esperando. Fue una revolución social que en su momento fue equiparada a la Revolución mexicana y que incorporó por primera vez al escenario político nacional a la mayoría indígena-campesina y a las mujeres al establecer el voto universal.
Pero la revolución boliviana no fue otra cosa que la constatación del surgimiento de movimientos sociales decididos a delinear un Estado desde la perspectiva obrera, pero asumido por una clase media que adoptó el discurso nacionalista para desplazar el poder de la oligarquía minera, en detrimento de la clase obrera. En otras palabras: la Revolución del 52 usó el lenguaje de la inclusión, pero mantuvo la lógica de la exclusión. Los indígenas obtuvieron el voto, pero no obtuvieron representación real en el Estado. La tierra se redistribuyó, pero no se transformó la estructura del poder agrario.
Entre 1935 y 2005 — setenta años — Bolivia produjo una secuencia de intentos frustrados de construir identidad nacional: el socialismo militar de Toro y Busch, el nacionalismo revolucionario del MNR, el populismo de Barrientos, las dictaduras de Banzer, la democracia pactada de los 90. Cada uno tuvo su relato de nación. Ninguno logró que ese relato llegara a la Bolivia profunda con la misma intensidad con que llegaba a los discursos del Palacio Quemado.
Evo Morales intentó algo cualitativamente distinto: reconocer desde arriba las naciones que ya existían abajo. La CPE de 2009, con su artículo 1 definiendo al Estado Plurinacional Comunitario y su artículo 2 garantizando la libre determinación de las naciones y pueblos indígena originario campesinos, fue el instrumento jurídico de ese intento. Produjo algo genuino — pero también reprodujo la misma lógica de siempre: el partido en el poder definiendo quién es el pueblo legítimo y quién es el enemigo.
Bolivia recuerda la guerra con una mezcla de dolor y resentimiento, no solo por la derrota sino también por las profundas divisiones internas que el conflicto expuso y exacerbó. Esa mezcla es exactamente lo que describe Untoja en su diagnóstico. Pero lo que Untoja no alcanza a ver es que ese resentimiento no nació del MAS. El MAS lo encontró ya hecho, lo instrumentalizó, y cuando cayó lo dejó huérfano de canal institucional. Por eso explota ahora en las calles.
Margaret Atwood, en Los Testamentos, escribe que los sistemas que no aprenden de su propia historia no desaparecen — mutan. Bolivia tiene su propia acumulación de contradicciones sin procesar.
La pregunta que la Guerra del Chaco dejó planteada — y que ningún gobierno ha respondido completamente en noventa años — es esta: ¿puede Bolivia construir una identidad nacional que no requiera un enemigo externo para existir? El Chaco unió a Bolivia contra Paraguay. La Revolución del 52 unió a Bolivia contra la oligarquía minera. El MAS unió a Bolivia contra la derecha neoliberal. Cada proyecto nacional ha necesitado un adversario para producir cohesión. Cuando el adversario desaparece, la cohesión se desintegra.
Lo que la Bolivia profunda necesita — y lo que ningún gobierno ha producido todavía — es una identidad nacional que no se construya contra algo sino para algo. Un proyecto compartido que reconozca la pluralidad sin usarla como arma política. Que distribuya el poder sin acumularlo. Que procese el conflicto a través de instituciones en lugar de procesarlo a través de la calle.
El artículo 8 numeral II de la CPE establece que el Estado se sustenta en los valores de unidad, igualdad, inclusión, dignidad, libertad, solidaridad, reciprocidad, respeto, complementariedad, armonía, transparencia, equilibrio, igualdad de oportunidades, equidad social y de género en la participación, bienestar común, responsabilidad, justicia social, para vivir bien. Es una lista hermosa. Es también la descripción más precisa de todo lo que Bolivia todavía no ha logrado construir de manera sostenida.
Hannah Arendt decía que la política comienza donde el mundo físico termina: en el espacio entre los seres humanos donde el acuerdo es posible. Bolivia ha tenido ese espacio en el Chaco, en 1952, en momentos fugaces de su historia. La tarea pendiente — la más difícil, la que noventa años de política no han resuelto — es construir ese espacio de manera permanente, institucional y resistente a los ciclos electorales.
El Chaco fue el único momento en que Bolivia fue una sola cosa. Y fue necesaria una guerra para que eso ocurriera. La pregunta que le corresponde a esta generación — la nuestra — es si es posible producir esa misma convergencia sin necesitar primero el barro, las trincheras y los 50 mil muertos.
Esa es la deuda histórica que la Bolivia profunda todavía espera que alguien salde.
Esta es la serie completa “Bolivia profunda: anatomía de una crisis“, publicada en la sección Neko en Contexto de En Resumen de México (CruVazComunicaciones).
