Dafnys Guzman | Neko en Contexto para En Resumen de México .
Tywin Lannister —el personaje de Juego de Tronos que encarnaba el poder real, el que no necesita proclamarse— lo dijo con una frialdad que ningún Consejo de Ministros boliviano ha podido igualar: “Todo hombre que deba decir ‘soy el rey’ no es ningún rey.” La frase iba dirigida al patético Joffrey Baratheon, un niño con corona que confundía el título con la autoridad. Vista desde Bolivia, en mayo de 2026, la cita no parece una ficción medieval. Parece crónica política.
Debo confesar algo antes de continuar: llevo demasiado tiempo sin escribir con honestidad. Me he acostumbrado a los márgenes que otros fijan, a la autocensura disfrazada de prudencia institucional. Pero los politólogos no tienen ese lujo. Así que vuelvo a esto: con nombre, composición, con el riesgo que implica pensar en voz alta.
La Bolivia profunda no votó por un relevo de élites
Cuando hablo de Bolivia profunda —un concepto que he venido desarrollando en esta columna— me refiero a ese sustrato político, cultural y social que existe por debajo de los discursos oficiales, de las élites parlamentarias y de los ciclos electorales. Es la Bolivia de los mercados, de las comunidades originarias, de los mineros cooperativistas, de los transportistas, de las ferias semanales en los municipios del altiplano. Una Bolivia que vota, que protesta, que bloquea carreteras y que, a veces, derriba gobiernos — pero que rara vez es gobernada por sí misma.
Esa Bolivia profunda depositó en el gobierno de Rodrigo Paz algo más que un voto: depositó una expectativa de ruptura. Dos décadas de abuso, corrupción sistemática y degradación institucional habían acumulado una demanda social enorme. Y seis meses después, la respuesta que recibe es: más de lo mismo.
No es un juicio ideológico. Es una observación estructural. Las élites bolivianas —de izquierda o de derecha, con wipala o sin ella— han compartido históricamente la misma vocación: la apropiación del Estado como mecanismo de acumulación privada. Lo que cambia es el discurso. Lo que permanece, con una consistencia que ya no puede llamarse coincidencia, es la lógica.
Los clivajes que nadie quiere nombrar
Para entender por qué esto ocurre una y otra vez, hay que hablar de clivajes. Un clivaje es una línea de fractura profunda dentro de una sociedad: una división que no es coyuntural sino estructural, que organiza conflictos, identidades y lealtades políticas durante décadas. En Bolivia, esos clivajes son múltiples y se superponen: campo/ciudad, occidente/oriente, indígena/mestizo, Estado/mercado, centro/periferia.
El problema es que ningún gobierno reciente ha gobernado a través de esos clivajes — es decir, buscando puentes, negociando identidades, construyendo instituciones que los contengan. Lo que ha ocurrido, en cambio, es que cada élite gobernante ha instrumentalizado uno o varios de esos clivajes para movilizar apoyo, y luego los ha abandonado en cuanto llegó al poder. El resultado es siempre el mismo: una Bolivia profunda que se siente traicionada, y una clase política que no aprende porque no necesita aprender — solo necesita esperar su turno.
El caso de la “gasolina basura” es, en ese sentido, un episodio revelador. No es solo un error de gestión: es la demostración de que YPFB sigue siendo el botín más codiciado del sistema político, independientemente de quién firme los decretos. Cuando la incompetencia y la sospecha de corrupción convergen en el mismo episodio, Weber diría que la legitimidad del gobierno deja de sostenerse en la creencia de los gobernados y empieza a depender, peligrosamente, de la imposición.
Medinaceli y el fetiche constitucional
En ese escenario aparece el diputado Medinaceli con su propuesta de reforma constitucional. Y aquí la ciencia política obliga a ser directa: reformar la Constitución no es lo mismo que transformar el Estado.
Una reforma constitucional sin Asamblea Constituyente, sin presupuesto real, sin un pacto político que trascienda las élites parlamentarias de turno, es voluntarismo jurídico. Puede tener buenas intenciones. Pero las buenas intenciones no convocan asambleas, no financian procesos constituyentes ni construyen consensos en un país donde los clivajes sociales siguen abiertos y la conflictividad no da tregua.
La CPE de 2009 —guste o no— fue producto de un proceso constituyente real, con toda su violencia política, sus tensiones regionales y sus pugnas de identidad. Reformarla desde el Legislativo ordinario, sin esa legitimidad de origen, es querer cambiar las reglas del juego mientras el juego sigue en curso. Sin que los jugadores hayan acordado siquiera la pausa.
No digo que la Constitución sea intocable. Digo que el camino importa tanto como el destino. Y cuando el camino propuesto es técnicamente inviable —sin presupuesto, sin convocatoria, sin base social movilizada— lo que queda es el gesto: la declaración de intención que funciona como cortina de humo sobre los problemas reales.
Nadie gobierna solo — y eso no es debilidad, es política
Aquí es donde vale la pena traer a colación una idea que me compartió la Dra. Gianella Adriana Quisbert López, bioquímica y politóloga, cuya mirada sobre el poder tiene esa precisión poco común que da el hecho de pensar desde dos disciplinas a la vez: nadie puede gobernar solo. No se trata únicamente de llegar al poder — se trata de mantenerse en él, y para eso se necesitan alianzas.
Es una verdad que parece obvia pero que los gobiernos bolivianos olvidan con una regularidad casi matemática. La política no es un estado fijo: es un proceso en permanente movimiento, una geometría variable donde los equilibrios de hoy no garantizan los de mañana. Los clivajes sociales que mencioné antes no son decorado — son fuerzas activas que exigen ser negociadas, contenidas, incorporadas. Un gobierno que llega al poder montado sobre ciertas alianzas y luego las abandona por soberbia, por incompetencia o por la tentación del botín, no está gobernando: está administrando su propio declive.
Lo que está ocurriendo con el gobierno de Rodrigo Paz es exactamente eso. Las alianzas que permitieron el triunfo electoral se han ido erosionando, no por la fuerza de la oposición, sino por la incapacidad de sostenerlas desde la gestión. Y en Bolivia, donde los clivajes son profundos y la memoria política es larga, una alianza rota rara vez se reconstruye.
La paciencia táctica de Evo y el círculo que no cierra
Mientras tanto, Evo Morales observa. No necesita hacer mucho más. Cada error del gobierno actual es, objetivamente, una contribución involuntaria a la narrativa de su posible retorno — o al retorno de su proyecto bajo nuevas formas. Eso no lo convierte en víctima ni en héroe: lo convierte en un actor político que sabe leer los clivajes mejor que nadie, que sabe cuándo hablarle a la Bolivia profunda y cuándo simplemente esperar a que el adversario se destruya solo.
La historia reciente ofrece suficientes advertencias. Los gobiernos bolivianos no caen únicamente por la fuerza de la oposición — caen por el peso de sus propios errores. Y la Bolivia profunda, esa que acumula paciencia y memoria en igual medida, sabe cobrar facturas cuando llega el momento.
Si este gobierno no introduce un giro real — no discursivo, sino en la gestión concreta del Estado — la conflictividad latente puede desbordarse. Y cuando eso ocurre, la estabilidad política no se recupera con anuncios de reformas constitucionales ni con declaraciones de intención desde un escaño.
Seis meses bastan para encender las alarmas. No para dictar sentencia, pero sí para hacer lo que los politólogos estamos obligados a hacer: nombrar lo que se ve, aunque no sea cómodo nombrarlo.
Porque el rey que necesita decir que es rey ya perdió algo más que el argumento. Perdió, precisamente, lo único que no se puede decretar: la autoridad. Y eso, en la política boliviana — fluctuante, fracturada, profunda — se paga siempre.
