La ajolotización de la Ciudad de México: el anfibio que terminó cubriendo las grietas

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Si una visitante llegara por primera vez a la Ciudad de México y construyera su percepción únicamente a partir de las campañas institucionales, los murales urbanos, los souvenirs y las publicaciones en redes sociales, probablemente concluiría que el ajolote es el verdadero gobernante de la capital.

Está en todas partes.

Nos recibe en estaciones de transporte, aparece en campañas de promoción turística, decora espacios públicos, protagoniza mercancías oficiales y se multiplica en ilustraciones que buscan representar el espíritu chilango. El ajolote se ha convertido en el rostro amable de la ciudad.

Pero la escucha social revela una conversación cada vez más recurrente y menos cómoda: ¿hasta qué punto el ajolote se ha transformado en una herramienta para maquillar problemas que permanecen sin resolver?

No se trata de cuestionar el valor cultural, científico o ambiental de esta emblemática especie. El ajolote es, sin duda, uno de los símbolos más poderosos de México. El problema surge cuando el símbolo comienza a ocupar el lugar de las soluciones.

Mientras la imagen del ajolote se fortalece, las conversaciones digitales siguen hablando de inseguridad, movilidad deficiente, contaminación, escasez de agua, deterioro del espacio público, comercio informal descontrolado y una creciente sensación de abandono en diversas zonas de la ciudad.

La paradoja es evidente.

La ciudad parece estar desarrollando una estrategia de comunicación donde el ajolote funciona como un filtro de Instagram aplicado sobre una realidad mucho más compleja. No elimina las imperfecciones; simplemente las vuelve menos visibles.

La “ajolotización” de la Ciudad de México podría entenderse entonces como un fenómeno de sobreexposición simbólica. Cuanto más difícil resulta resolver ciertos problemas estructurales, mayor parece ser la necesidad de reforzar narrativas emocionales que conecten con la ciudadanía.

No es una práctica exclusiva de esta ciudad. A lo largo de la historia, gobiernos y administraciones han recurrido a símbolos, monumentos, mascotas y campañas identitarias para fortalecer el sentido de pertenencia. Sin embargo, existe una diferencia entre construir identidad y utilizarla como cortina decorativa.

Las redes sociales ofrecen ejemplos constantes de esta tensión. Una publicación institucional que celebra al ajolote suele recibir respuestas que rápidamente desvían la conversación hacia temas como baches, fugas de agua, basura acumulada o problemas de transporte. Es como si una parte de la ciudadanía estuviera enviando el mismo mensaje una y otra vez: el símbolo nos gusta, pero no queremos que sustituya la gestión.

Porque el ciudadano promedio entiende perfectamente la diferencia entre comunicación y realidad.

Puede sentirse orgulloso del ajolote y, al mismo tiempo, cuestionar el estado de las calles. Puede compartir una ilustración del anfibio y exigir mejores servicios públicos. Puede celebrar la identidad cultural sin aceptar que ésta se convierta en una distracción.

Lo preocupante no es que el ajolote sea visible. Lo preocupante es que, en ocasiones, parezca más visible que los problemas que enfrenta la propia ciudad.

Paradójicamente, el verdadero ajolote es una especie amenazada precisamente por las consecuencias del deterioro ambiental y urbano. Es decir, el animal utilizado para proyectar una imagen positiva de la ciudad es también una víctima de muchos de los problemas que esa misma narrativa intenta suavizar.

Hay una ironía difícil de ignorar.

Mientras el ajolote sonríe desde carteles, campañas y productos promocionales, Xochimilco sigue luchando por conservar los ecosistemas que permiten su supervivencia. Mientras su imagen se multiplica, las condiciones que amenazan su existencia no desaparecen por decreto, por diseño gráfico ni por estrategia de comunicación.

Quizá la verdadera conversación no sea sobre el ajolote, sino sobre nuestra creciente dependencia de los símbolos para explicar una realidad que exige acciones concretas.

Porque una ciudad puede llenar sus muros de anfibios coloridos. Puede convertirlos en íconos turísticos, en mascotas institucionales y en emblemas culturales. Pero ningún símbolo, por entrañable que sea, tapa para siempre las grietas de una metrópoli.

Y cuando eso ocurre, la ajolotización deja de ser una celebración de identidad para convertirse en una estrategia de maquillaje urbano.

La pregunta que queda en el aire es sencilla: ¿queremos más ajolotes en la publicidad o más soluciones en la ciudad?

Porque el primero es fácil de reproducir.

Lo segundo exige gobernar.

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