El sillón municipal: Manfred, Dockweiler, Éliser y la única alcaldesa de Bolivia

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Por: Dafnyz Guzmán | Bolivia.  

En Juego de Tronos hay una escena que los analistas políticos deberían estudiar con más atención que los estrategas militares: cuando Cersei Lannister le explica a Sansa Stark que,en el juego de tronos, las pequeñas batallas — las alcaldías, diríamos — a menudo deciden el resultado de la guerra larga. El poder local no es el poder decorativo. Es el poder que llega primero cuando el agua se corta, cuando el basural no se recoge, cuando la escuela no tiene maestros. Y en Bolivia, el poder local acaba de producir un mapa que, leído con cuidado, dice cosas que el mapa nacional no dice todavía.

I. La radiografía: diez ciudades, diez historias

 

Los resultados de las alcaldías de ciudades capitales más El Alto muestran un patrón claro: fragmentación extrema, victorias por mayorías simples muy bajas en la mayoría de los casos, y una sola excepción mayúscula que confirma la regla.

La Paz: César Luis Dockweiler Suárez (Innovación Humana), economista y ex gerente de Mi Teleférico, ganó con el 23.38%. Ex funcionario del período de Evo Morales que canalizó el voto urbano paceño de clase media. El Alto: Éliser Nemesio Roca Tancara (Unión por el Cambio), periodista con más de 30 años en medios comunitarios, ganó con el 19.61% en un escenario de altísima fragmentación. Cochabamba: Manfred Armando Reyes Villa (APB-Súmate), reelecto por sexta vez con el 53.09%. Santa Cruz: Carlos “Mamén” Saavedra(VOS), con el 71.6% — el fenómeno electoral de la jornada. Sucre: Fátima Elva Tardío Quiroga (Alianza Gente Nueva), abogada con maestrías en Derecho Civil y Constitucional y doctorado en España — la única alcaldesa de ciudad capital en todo el país. Oruro: Iván Quispe (Nueva Generación Patriótica). Potosí: Williams Cervantes (Movimiento Tercer Sistema), exalcalde 2015-2019. Trinidad: Mauricio Barba (Alianza Patria). Cobija: Diego Suárez (Libre Pando). Tarija: Johnny Torres (Alianza Primero Tarija), reelecto con el 55.4%.

II. Manfred: el fenómeno que la ciencia política no sabe bien cómo clasificar

 

Seis mandatos. En la misma ciudad. Eso no tiene precedente en la democracia boliviana contemporánea. Manfred Armando Reyes Villa Bacigalupi fue capitán del ejército, agregado militar en Brasil y Estados Unidos, alcalde de Cochabamba en seis períodos y primer prefecto electo del departamento entre 2006 y 2008.

Max Weber distinguía entre tres tipos de dominación legítima: la tradicional, la carismática y la racional-legal. Manfred es un caso híbrido que desafía la clasificación: tiene carisma personal sostenido en el tiempo, ha construido una base de gestión visible, y opera dentro del marco racional-legal sin romperlo. No es un caudillo en el sentido clásico — es algo más difícil de definir: un alcalde que se ha vuelto parte del paisaje institucional de su ciudad.

La pregunta constitucional que su caso plantea es si la democracia local se fortalece o se debilita cuando un mismo actor acumula seis mandatos en el mismo cargo. La CPE, en su artículo 168, establece para el nivel nacional que el mandato es de cinco años con posibilidad de reelección por una sola vez de manera continua. El nivel municipal tiene regulación propia — pero la acumulación prolongada del poder local en un solo actor erosiona la renovación democrática que todo sistema necesita para sobrevivir a sí mismo. Esa es una conversación pendiente en Bolivia.

III. El Alto: la ciudad que Bolivia sigue sin entender

El Alto merece un párrafo propio porque El Alto merece siempre un párrafo propio. Es la segunda ciudad más poblada del país. Es la ciudad que en 2003 protagonizó la guerra del gas que derrocó a Gonzalo Sánchez de Lozada. Es la ciudad que el imaginario político nacional sigue tratando como satélite de La Paz cuando hace décadas que funciona como una metrópoli con lógica propia.

Éliser Nemesio Roca Tancara ganó con el 19.61% en un campo electoral de altísima fragmentación — lo cual significa que cuatro de cada cinco alteños que votaron eligieron a alguien distinto. Eso no es un mandato. Es una licencia provisional. Y en El Alto — donde los movimientos sociales Túpac Katari, Bartolinas Sisa, CONAMAQ y la COB tienen presencia orgánica real —, gobernar sin mandato sólido es una invitación permanente al conflicto.

La pregunta que El Alto plantea a la gobernabilidad nacional no es quién ganó la alcaldía. Es si la alcaldía, como institución, tiene suficiente capacidad de respuesta para procesar las demandas de una ciudad de más de un millón de habitantes con niveles altísimos de informalidad económica y una memoria política de movilización que ningún alcalde puede ignorar.

 

III. La única alcaldesa: lo que el número uno le dice a Bolivia

 

Un país. Diez ciudades capitales con alcalde o alcaldesa. Una sola mujer. Una.

Eso no es un dato estadístico. Es una radiografía.

Fátima Elva Tardío Quiroga es abogada, con maestrías en Derecho Civil y Constitucional, estudios de especialización en Europa y un doctorado en España. Ganó la alcaldía de Sucre — la capital constitucional de Bolivia, la ciudad donde está físicamente el Tribunal Supremo de Justicia, donde se firmó el acta de independencia. Lo hizo con el 20.22% en un campo hiperfragmentado, en una ciudad históricamente conservadora, siendo mujer y siendo académica.

Margaret Atwood, en El cuento de la criada, construyó Gilead sobre una premisa que no necesita muros para funcionar: basta con que las mujeres internalicen que el poder no es para ellas. No vivimos en Gilead. Pero el resultado electoral lo dice sin necesidad de distopía: de diez sillones municipales en las ciudades más importantes de Bolivia, nueve tienen hombre sentado.

El artículo 11 numeral I de la CPE establece la equivalencia de condiciones entre hombres y mujeres en el sistema de gobierno boliviano. La Ley 026 del Régimen Electoral desarrolla ese principio consagrando la paridad y alternancia en las listas de candidaturas. Diecisiete años después de la CPE de 2009, esa equivalencia produce una alcaldesa de diez. Lo que eso demuestra no es que las mujeres bolivianas no quieran el poder. Demuestra que la paridad en la lista no es paridad en el resultado cuando el sistema de financiamiento político y la cultura interna de los partidos siguen construidos alrededor de la figura masculina con trayectoria previa como estándar de lo electable.

Fátima Tardío ganó en Sucre a pesar de ese sistema — igual que Gabriela de Paiva en Pando y María René Soruco en Tarija. Que tres mujeres venzan al sistema no prueba que el sistema funciona. Prueba que algunas mujeres son lo suficientemente extraordinarias como para ganar incluso cuando las reglas no están hechas para ellas. En Los Testamentos, Atwood escribe que el cambio no llega cuando el sistema colapsa — llega cuando las mujeres dentro del sistema deciden que ya basta. Fátima, Gabriela y María René no esperaron el colapso. Eso no debería ser la excepción. Debería ser la norma.

Tyrion Lannister diría que las batallas más importantes no se ganan con ejércitos — se ganan con personas en los lugares correctos, haciendo las preguntas correctas en el momento correcto. Manfred lleva seis mandatos respondiendo las preguntas de Cochabamba mejor que cualquier alternativa que el sistema ha producido. Éliser Roca ganó El Alto con menos de uno de cada cinco votos — eso exige humildad, no triunfalismo. Fátima Tardío ganó Sucre a pesar de todo — eso merece ser nombrado con la contundencia que el número uno exige.

Lo que el mapa municipal de Bolivia 2026 dice en conjunto es esto: la democracia local boliviana está viva — fragmentada, imperfecta, a veces paradójica, pero viva. El desafío no es que existan estos liderazgos. El desafío es que el sistema institucional boliviano aún no sabe muy bien qué hacer con tanta pluralidad junta.

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