El día que la ciudad se lava la cara

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Joel Hernández.                                                                                                                                                                                                                            09/03/2026

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se ha convertido en un recordatorio anual en la memoria colectiva. Año con año, miles de mujeres salen a las calles a marchar para exigir los derechos que les son privados, y a denunciar los abusos e injusticias que sufren por la simple cuestión de su género.
En años recientes, los distintos gobiernos alrededor del mundo, sin importar la inclinación política, han izado la bandera morada del cambio y vestido los palacios gubernamentales de símbolos del apoyo al movimiento feminista.
Al día siguiente de las marchas y las protestas, el mundo y la sociedad bajan la bandera morada del asta, cambian las vestimentas del movimiento y pasan de página sin pensar en los cambios demandados.

El centro histórico de la Ciudad de México, epicentro de las protestas, halló sus principales monumentos recubiertos de placas de metal, las manifestantes se preguntan “¿A quién están protegiendo?”

Con los emblemas de la Ciudad de México enjaulados, las manifestantes hicieron resonar sus demandas en el suelo mexicano. Al día siguiente, hombres y mujeres se encargaron de borrar de la vista del poder político las consignas feministas.

En suelo, de la plancha del zócalo capitalino se pudo leer denuncias de las mujeres, que año tras año se ven obligadas a salir a las calles a luchar por sus derechos.

En México, de enero a octubre de 2025 se registraron un total de 5 mil 020 asesinatos contra mujeres. México, un país predominantemente machista, donde los portadores de los poderes públicos juran proteger a todos los mexicanos, no encuentran una respuesta a la violencia de género.

Al día siguiente las pancartas, demandas, denuncias y consignas de las mujeres mexicanas, fueron lavadas, borradas, mancilladas por dirección del poder político, aquel que juró proteger a sus ciudadanos. 

 

Cuando las consignas se apagan y las calles quedan vacías, otras manos, otros cuerpos, mayoritariamente de mujeres, se echan a la calle para borrar las huellas de la protesta. Barrenderas, trabajadoras de la limpieza, mujeres anónimas que no estuvieron en la manifestación o quizás sí, pero que al amanecer tienen la tarea invisible de devolver la ciudad a su estado de ‘normalidad’. Este fotorreportaje no habla del rugido del 8M, sino del silencio del 9M. De las escobas que barren no solo papeles y cristales, sino también el eco de las consignas. Porque la lucha también se mide en lo que cuesta borrarla, y en quienes, silenciosamente, lo hacen posible.

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