Mujeres que hilvanan vidas

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En el Estado de México, el rezago educativo tiene rostro de mujer. De acuerdo a datos del INEA, Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, de los más de 3.2 millones de mexiquenses que no han concluido su educación básica, el 53% son mujeres. Son 1.7 millones de biografías marcadas por un contexto adverso, por el “ya no pude seguir”, por la abnegación al cuidado de otros sobre el de ellas.

A diario estudiantes del C.E.P.J.A, Centro de Educación para Personas Jóvenes y Adultas, “Patria Nueva” acuden a una diversa gama de talleres en busca de conocimiento.

En una entidad donde 351 mil personas mayores de 15 años aún no saben leer ni escribir, y donde 6 de cada 10 de esas personas son mujeres, la educación para adultos no es una segunda oportunidad: es la primera vez que el sistema les mira sin pedirles permiso para existir.
Según datos de la Secretaría de Economía en su plataforma “Data México”, señalan al Estado de México como una de las entidades con mayor disparidad en términos de educación entre hombres y mujeres. Las mujeres en el Edomex tienen prácticamente el mismo nivel educativo que los hombres, 30% con bachillerato o más, sin embargo su participación económica es casi 30 puntos menor.

Irene Martínez Mendoza, de 63 años, comenzó a acudir a los talleres del CEPJA “Patria Nueva” como terapia por la depresión causada por la pérdida de su trabajo y la soledad por la pandemia de COVID-19.

Irene, como muchas otras madres mexicanas, es la responsable del hogar. A sus 63 años sonríe ante el aprendizaje de cuestiones que le fueron negadas en su infancia, “Yo cuento con la secundaria, pero trunca. ¿Por qué? Porque tuve un padre muy estricto, ¿sí me entiendes? Yo vengo de un pueblo. Entonces mi papá era “que la mujer en casa, aprender cosas del hogar”, y pues estudiar era para los hombres, o
sea para mis hermanos, no nos dio la oportunidad.”

De acuerdo a datos del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, en el primer semestre de 2025, un total de 146,804 mujeres mayores de 15 años concluyeron algún nivel de educación básica (alfabetización, primaria o secundaria). En ese mismo periodo, el INEA atendió a nivel nacional a 117,793 madres de familia que buscaban iniciar, continuar o concluir su educación básica. De las cuales 38,418 en nivel inicial/alfabetización, 25,950 cursando primaria y 53,425 cursando secundaria.
“He querido retomar mis estudios, sí, como no, me gustaría, me gustaría terminar la secundaria. He querido, pero voy a ver, paso a paso, como ya no tengo el trabajo y ahora tengo más tiempo, quisiera tener esa oportunidad de satisfacción. Me hubiese gustado terminar la secundaria, la prepa tal vez…”

Rosalba Casares de 52 años, es madre y abuela, además, es el sostén económico de su hogar. Estilista de profesión, actualmente cursa el taller de “Secretariado” en el CEPJA “Patria Nueva”.

“Yo me levanto a las 5 de la mañana. Pongo agüita para que me bañe, luego ya me baño y corro a dejar al nieto o a la nieta, a quien le toque, y regreso, desayuno, vengo aquí a la escuela. Y luego llego a la casa, abro mi negocio, lo agarro, lo trapeo, lo sacudo y me pongo a hacer de comida, entre la comida y mi negocio, las tareas y mi día se acaban hasta las 12 de la noche. Así es todos los días.”

El trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados, asignado mayoritariamente a las mujeres por los roles de género impuestos por una sociedad patriarcal, en México alcanzó un valor económico de 8 billones de pesos en 2024, equivalente al 23.9% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, de acuerdo a datos del INEGI. Este valor supera al de sectores estratégicos como la industria manufacturera (20.1%) y el comercio (18.7%) .

“En este curso de costura te enseñan un poquito de todo. Tú vendes una bufandita o una mascadita bordada, pintada, tejida, X y ya sube el precio y ya no es como una tela más, es un lienzo de arte, ¿no? Ya le metes un poquito más y obvio ya la puedes vender a mayor a mayor precio.”
De acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, las mujeres generan el 72.6% del valor total de estas labores, mientras que los hombres aportan apenas el 27.4% . Esto significa que, en términos económicos, el trabajo femenino no remunerado es 2.7 veces mayor que el masculino.

La piedra angular del sistema educativo mexicano es el Artículo 3 de la Constitución Política Mexicana, que establece “Toda persona tiene derecho a la educación” . El propio artículo señala en su fracción II, inciso e), “En educación para personas adultas, se aplicarán estrategias que aseguren su derecho a ingresar a las instituciones educativas en sus distintos tipos y modalidades.”

El Instituto Nacional para la Educación de los Adultos nació como respuesta a una deuda social ante el enorme rezago educativo de la población adulta. Específicamente la Ley Nacional de Educación para Adultos define la educación de los adultos como una forma de enseñanza “extraescolar” basada en el autodidactismo y la solidaridad social. Esta ley justifica legalmente el modelo de “figuras solidarias” (los voluntarios y asesores) que sostienen gran parte de la operación sobre el terreno, incluyendo los talleres de los Centros de Educación para Personas Jóvenes y Adultas (CEPJA).

De octubre de 2024 a junio de 2025, el INEA registró a más de 720 mil educandos en sus servicios, de los cuales más de 416 mil lograron concluir un nivel educativo. Este esfuerzo se realiza a través de modelos educativos flexibles como el Modelo Educación para la Vida y el Trabajo (MEVyT), diseñado para vincular el aprendizaje con los intereses y la vida cotidiana de los adultos, ya sea en modalidad presencial o en línea a través de la plataforma AprendeINEA.

Las máquinas de coser del taller de corte y confección del CEPJA “Patria Nueva”, fueron adquiridas a base de donaciones, cuidadas y mantenidas por las propias beneficiarias. El Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación para 2026 planteó un recorte de 104 millones de pesos al INEA, lo que dejaría su presupuesto total en aproximadamente 1,624 millones de pesos a nivel nacional.

En sitios oficiales de la Secretaría de Educación Pública, no contienen documentación oficial sobre las iniciativas de educación para adultos, más allá de una mención para enumerar logros de la administración. La mayor parte de los contenidos encontrados corresponden a iniciativas de otros estados
(Coahuila) o instituciones (ISSSTE, UdeG), no al Estado de México ni al sistema CEPJA.

El Instituto Nacional de Educación para Adultos, al igual que otras instancias gubernamentales no hace mención alguna del modelo pedagógico con el cual abordan el problema de la educación en poblaciones adultas. En la práctica, específicamente un CEPJA opera con un currículo dual:
Por la puerta delantera, el INEA presenta un modelo de aprendizaje de medición (matemáticas aplicadas), lectura de patrones (comprensión lectora) y desarrollo de una habilidad técnica para el trabajo.
Y en la sombra de la puerta oculta, sale a relucir la reconstrucción del tejido social y emocional, de manos de voluntarios, maestras y maestros dedicados a mejorar la vida de sus alumnos. A mujeres a quienes el sistema les negó la escuela en su infancia, se les ofrece ahora, en la vejez, un espacio donde la “ocupación” no es solo laboral, es existencial. Como señalaba el artículo del ISSSTE “Talleres de Terapia Ocupacional para Pensionados y Jubilados”, la terapia ocupacional es una “herramienta indispensable en la ocupación mental y física” que “puede al mismo
tiempo ofrecerle la oportunidad de un ingreso extra”.

 

Laura, de 22 años, es de las más jóvenes del taller de corte y confección del CEPJA “Patria Nueva”. Sus amigas le doblan la edad. “Me cuentan sus experiencias y todo lo que han vivido”, dice. Mientras traza patrones, escucha historias que ningún libro le enseñaría. En su salón, la escuela no solo imparte clases de corte y confección: teje una red de mujeres que se sostienen entre generaciones.

“Llego a mi casa y como tengo una hermanita, me apuro a peinarla y la llevo a la escuela y con mi mamá… ella no puede hacer muchas cosas. Entonces yo siempre la he apoyado con el quehacer o a que haya uno para la comida…De hecho, sí me gustaría trabajar, pero en mi casa, bueno, mi mamá está enferma. Y entonces yo tengo que cuidarla.”
Laura encarna la realidad de los datos del INEGI, donde el 73% del trabajo no remunerado recae sobre las mujeres en México. Su deseo de trabajar y emprender choca contra la realidad ineludible del cuidado. El taller del CEPJA es el único espacio propio que ha logrado tallar en una agenda saturada de obligaciones hacia otros. Su “negocio futuro” está en pausa porque el presente está ocupado por la supervivencia familiar.

 

Coral tiene 15 años y se quedó en quinto de primaria. No se queja. Viene al CEPJA desde septiembre porque le gusta “empezar a confeccionar”. Entre mujeres que le triplican la edad, encontró guía y un oficio. Dice que aprender a coser estresa, pero es un estrés que le gusta. En cinco años se ve “allá afuera, haciendo ropa”. La escuela formal le cerró la puerta; la costura le abrió una ventana.

“Me quedé en quinto de primaria.” Al hablar sobre su nivel de escolaridad, Coral no dramatiza haber dejado la escuela a los 10 u 11 años. Lo enuncia como un hecho consumado, casi como un destino. De acuerdo a datos de la organización sin fines de lucro “Mexicanos Primero”, para el ciclo escolar 2024-2025, la tasa neta de cobertura en educación básica se ubica en 89% a nivel nacional . Esto implica que 11 de cada 100 niñas y niños en edad escolar no asisten a la escuela.

El CEPJA es, para Coral, el único espacio educativo que no le ha fallado. En el CEPJA “Patria Nueva” descubrió algo que la primaria no le dio: la paciencia de quien guía. “Tienen más experiencia y te pueden ayudar… te guían en lo que estás haciendo ahorita o lo que vas a hacer”, explica. Es la red de apoyo que los estudios señalan como ausente para el 93% de los adultos mayores en la región, pero que
aquí se teje entre retazos de tela y conversaciones. Sabe que aprender a coser estresa. Pero es un estrés distinto al de la calle o al de la casa. Es el estrés del trazo que debe salir perfecto, de la tela que se rebela bajo la aguja. “Sí, pero como que ese estrés te gusta, ¿no?”, pregunta, casi afirmando.
Es la tensión de estar creando algo propio en un mundo que suele decirle a las mujeres que su tiempo y sus manos valen poco.

Coral no se engaña. Sabe que al taller “le falta un poquito más de cosas”, que el polvo le despierta alergia. Pero también sabe lo que quiere, en cinco años, se ve “allá afuera, súper así haciendo ropa”. Ya sea en su propio lugar o en una empresa de confección y moda.

 

Natalia, 26 años. Enfermera de profesión y paramédico de oficio. Pasa las tardes atendiendo emergencias. Las mañanas, en este taller de corte y confección, las dedica a algo que el uniforme no le da: tranquilidad. “El área de la salud es muy estresante. Esto ayuda a que me relaje”, dice. La costura, para ella, no es un oficio de subsistencia. Es un respiro entre sirena y sirena.

Natalia tiene 26 años, no encaja en el perfil estadístico del rezago educativo, ella ya conquistó lo que a millones de mujeres mexicanas se les niega. Sin embargo, está en un taller de corte y confección del CEPJA, aprendiendo a trazar patrones y a domar la tela. No acude por un certificado. Se levanta día a día por algo que el sistema de salud en el que trabaja no le ofrece: un espacio para respirar.

En México, las mujeres destinan casi 40 horas semanales al trabajo no remunerado. Natalia, además, suma las horas del trabajo remunerado en el área de la salud, “muy estresante en cualquier aspecto”, dice. El taller es su válvula de escape. “Eso ayuda a que me relaje… estar aquí y convivir con mis compañeras, tener un momento más tranquilo, pues sí, me ayuda.” La paramédico que sana cuerpos ajenos encontró en la costura una forma de sanear el propio.

 

Honorina, 43 años. Terminó la primaria porque en su casa “nada másestudiábamos hasta ahí”. Tres décadas después, volvió a un aula. No fue a la secundaria, sino a un taller de corte y confección. Dice que aquí se desestresa, se olvida de los quehaceres y se da “un tiempo para nosotros”. La autoestima también se aprende. Su maestra se lo recuerda con frases entre trazo y trazo.

Honorina tiene 43 años, dos hijos, un esposo y una historia que comparte con millones de mujeres mexicanas “la escuela se me acabó en sexto de primaria”. No fue su decisión. “En ese tiempo, pues era mi papá de que nada más estudiábamos hasta la primaria”, recuerda sin rencor, y repite la realidad de muchos hogares mexicanos “en su casa, las niñas no necesitaban más letras”. Según el IMCO, 2 de cada 5 mujeres en México abandonan la escuela por falta de recursos, matrimonio o embarazo, razones estructurales, no individuales, mientras que los hombres lo hacen para buscar trabajo . Honorina se convirtió en estadística antes de saber lo que eso significaba.

Hoy, tres décadas después, ocupa una silla en el taller de corte y confección del CEPJA. Llegó en septiembre, sin saber trazar. Ya sabía coser “posturas”, composturas, pero trazar era el territorio inexplorado. Viene por las mañanas, luego trabaja en el taller de un familiar, y después la espera la segunda jornada: los quehaceres de la casa.

 

Alejandra Pérez Anures, 57 años. Empezó alfabetizando adultos en la secundaria. Fue maestra de preescolar, interina, suplente. Cuando le exigieron la licenciatura, estudió sábados y domingos durante tres años. Hoy tiene dos turnos, maestría en Ciencias de la Educación y nueve años en este taller de corte y confección. “No olvides a ninguna”, le enseñó su maestra. Y ella lo tiene siempre presente. Recorre el salón una y otra vez hasta que todas han sido atendidas.

Alejandra Pérez ha pasado los últimos 9 años de su vida en el taller de corte y confección del CEPJA “Patria Nueva”. Llegó por un interinato, como se llega a casi todo en la educación para adultos: cubriendo a alguien que se va. Su historia con la enseñanza empezó mucho antes, cuando era adolescente y alfabetizaba adultos para el INE. Su trayectoria condensa la historia misma de la educación para adultos en México: vocación solidaria que se profesionaliza a contracorriente, sorteando las barreras burocráticas con esfuerzo personal.

Su método pedagógico es sencillo en apariencia, pero profundo en su ejecución. “No olvides a ninguna”, le enseñó su maestra de corte, y ella lo aplica con disciplina casi religiosa. Recorre el salón una y otra vez, en rondines que no terminan hasta que todas han sido atendidas. “De repente mi personita se cansa mucho porque no paro. Rara vez yo me voy a sentar al escritorio.” En un sistema donde el Modelo Educación para la Vida y el Trabajo (MEVyT) establece que la enseñanza debe ser flexible y adaptada a cada persona, Alejandra lo lleva al extremo: conoce el estado emocional de cada alumna desde que cruzan la puerta. “Si traen la capa caída, luego luego lo detecto.”

Lo que ocurre en su taller desborda el currículo oficial. La educación socioemocional no está formalmente integrada en los programas del INEA, pero ella la ejerce todos los días. Detecta a la que llega triste, escucha a la que necesita desahogarse, y sobre todo, combate la creencia más dañina que traen consigo: la de que no valen.
“Hay quienes se dicen: “Es que soy una tonta, soy bien burrita.” Y hay que subirles esa autoestima, porque no son nada de lo que ellas dicen. Usted vale.” El estudio de “Factores que desencadenan depresión en el adulto mayor de la comunidad de Santiaguito Maxda, Estado de México”, reportó que el 27% de los adultos mayores experimenta sentimientos de inutilidad y el 59% no está satisfecho con su vida. Las palabras de Alejandra son, literalmente, una intervención terapéutica.

Las campañas institucionales como vida saludable, día naranja y prevención de adicciones le restan minutos valiosos a la costura. Pero ha aprendido a navegar esa tensión. “Sí, resta tiempo… pero a la vez, el que se hagan homenajes es todo lo cívico que habíamos perdido. Es hacerles conciencia a las alumnas que es parte de su formación.” No se queja del sistema; lo comprende y lo adapta. Es la sabiduría de quien ha visto la evolución de estos centros desde que eran salones provisionales con piso de tierra hasta hoy, que tienen baños formales y estructura. “Sí se ha visto el crecimiento”, dice, pero su taller aún opera con máquinas compradas por cooperación de las propias alumnas. El presupuesto del INEA enfrentó un recorte de 104 millones de pesos en 2026; en el taller de Alejandra, ese recorte se traduce en una máquina collarretera que no llega y una over que se compró entre todas.

En un sistema educativo que ha excluido históricamente a las mujeres adultas ,el 47% de las adultas mayores en comunidades del Estado de México no tienen ningún grado de estudios, la maestra Alejandra hace algo más que enseñar a coser. Zurce autoestimas rotas. Hilvana futuros.  Y lo hace con una convicción que nace de su propia historia: “Las mujeres podemos lograr mucho, mucho más, no nada más ser amas de casa o mamás.” En su taller, esa frase no es un eslogan. Es una profecía que se cumple todos los viernes, cuando alguna alumna levanta su prenda terminada y dice: “Mire, maestra, ya acabé.”

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